Las radiaciones solares y el factor de protección solar en los niñosJulio 2014

 

El sol emite radiaciones de diferentes longitudes de onda, algunas de las cuales atraviesan la capa de ozono y llegan a la atmósfera. Entre la radiación solar total que llega a la tierra se distinguen 3 tipos de radiaciones: la radiación visible (percibida por el ojo humano), la radiación infrarroja (IR) y la radiación ultravioleta A (UVA) y B (UVB). La capa de ozono no deja pasar los rayos UV de longitud de onda inferior a 290 nm (UVC) ni tampoco los UVB de longitud de onda más corta (280-290 nm).

 

La radiación IR es la de mayor longitud de onda. Produce un efecto calórico inmediato y puede ocasionar una insolación, con malestar y dolor de cabeza, o incluso un golpe de calor, con deshidratación aguda y alteración de la consciencia. También parece que puede potenciar los efectos nefastos de los UV.

 

La radiación UVA es de menor energía que la B, pero su papel no es nada despreciable. Mientras que la radiación UVB es máxima al mediodía pero muy débil por la mañana o a última hora de la tarde, la UVA es constante a lo largo de toda la jornada y por ello representa el 98% de toda la radiación que recibimos a lo largo del día. También nos llega de forma prácticamente constante a lo largo del año, al contrario de lo que ocurre con la radiación UVB, más intensa en verano y más débil en invierno. Además, penetra a nivel más profundo que la UVB y atraviesa, en mayor medida que la UVB, por ejemplo los cristales o el agua. Es responsable de la pigmentación inmediata e interviene en el desencadenamiento de alergias solares y reacciones de fototoxicidad. A largo plazo, acelera el envejecimiento cutáneo.

 

La radiación UVB es de mayor energía que la UVA pero penetra poco en la piel. Es la que desencadena el proceso de bronceado, pero también la responsable del eritema actínico (enrojecimiento de la piel) y de las quemaduras solares. Los daños acumulativos producidos por la radiación UVB, junto con la UVA, tras varios años de exposiciones al sol repetidas, sin una protección eficaz y adecuada, en particular en caso de producirse quemaduras frecuentes durante la infancia, constituye un factor de riesgo de aparición de melanoma en la edad adulta. 

 

Al igual que todos los cosméticos los protectores solares, en su etiquetado, tienen que aportar al consumidor las informaciones necesarias para garantizar la seguridad en su uso, pero éstos de forma específica además deben incluir los llamados índices de protección solar junto con el modo de empleo y una serie de advertencias para ayudar al consumidor a adoptar unos hábitos saludables frente al sol.

 

Por todos los riesgos mencionados anteriormente, lo primero que hay que tener en cuenta a la hora de elegir un protector solar para tu niño es que aporte una muy alta protección UVB y UVA.  

 

El índice SPF (Sun Protection Factor), FPS (Factor de Protección Solar) o IP (Índice de Protección) indica el nivel de protección de la piel frente a la radiación UVB que proporciona  el protector solar. Es un indicativo del número de veces que el protector aumenta la capacidad de defensa natural de la piel frente al eritema (enrojecimiento) previo a la quemadura.

 

Dependiendo de la procedencia de los cosméticos, existen distintos métodos para

 evaluar el índice de protección. Por ejemplo en EEUU se utiliza el método de la FDA y en Australia el CAA, cuyos índices no son comparables a los que habitualmente encontramos en Europa. En Europa, el método considerado actualmente como estándar es el de COLIPA. Aunque no es de aplicación obligatoria, está aceptado por casi todos los fabricantes europeos.

 

El método de COLIPA evalúa el SPF mediante un test in vivo en el laboratorio, en voluntarios adultos. Para ello se calcula la dosis mínima de radiación UVB necesaria para provocar la primera reacción de enrojecimiento perceptible (Dosis Eritematosa Mínima o DEM) en una zona de la piel donde se ha aplicado el protector (en cantidad de 2 mg/cm2) con respecto a la misma medición en una zona sin el protector.  La relación entre ambas (DEM con protector / DEM sin protector) nos da el índice SPF. En la práctica es

to significa que un producto con índice SPF 10 filtra el 90% (9/10 dosis) de la radiación UV responsable de las quemaduras solares. Del mismo modo, un índice SPF 50 filtra el 98% (49/50 dosis) de la radiación UV responsable de las quemaduras.

 

Así, el incremento de protección entre un número de SPF y el siguiente, especialmente en los índices SPF altos, es mínimo. Los factores por encima de 50 pueden dar una falsa sensación de protección mucho mayor y en realidad no aumentan sustancialmente la protección frente a la radiación UV. Por ello, puede reducirse el ámbito de los factores de protección solar que figuran en las etiquetas sin que disminuyan las opciones de protección del consumidor.

 

En la actualidad Cosmetics Europe (como se conoce ahora a COLIPA) recomienda no indicar SPF superiores a 50+ y agrupa los productos en 4 categorías de protección:

 

Pero además hay que tener en cuenta una serie de consideraciones muy importantes:

 

  • El SPF no es una medida del tiempo de exposición, es decir aplicar un SPF 50 no significa poder exponerse al sol un tiempo 50 veces superior que sin protección.
  • Los SPF no se evalúan más que para una duración máxima de 2 horas, por ello hay que renovar la aplicación del protector con regularidad.
  • En la protección influyen parámetros como el tipo de piel y la cantidad de producto aplicada.

 

Por todo ello en el caso de los niños se recomienda el uso de un índice de protección UVB Muy alto (50+) en cantidad suficiente y renovar la aplicación cada 2 horas y después de cada baño.

 

Para determinar el índice de protección frente a la radiación UVA aún no existe un método estándar. Los más empleados son los test “in vivo” para determinar la pigmentación inmediata (PPI o IPD) o la pigmentación duradera (PPD) de la piel tras la exposición a la radiación UVA. Se establece que el nivel de protección frente a la radiación UVA debe ser al menos 1/3 de la UVB. 

 

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